A través de los siglos, vuestra figura familiar cruzando sudorosa los paramos abrasados por el sol, forma parte de los paisajes que conforman las propias rutas de los caminos de peregrinación; ascendiendo infatigables, duros puertos de montaña, curioseando interesados los viejos monumentos, o paseando a la sombra de las estrechas calles de los pueblos, despertando a vuestro paso la curiosidad de sus habitantes, que se preguntan los motivos que os impulsan en vuestra aventura, de los esfuerzos y sacrificios de los que marcháis en grupo, compartiendo todas las alegrías y los contratiempos, ayudando a los que desfallecen, callados al caminar y bulliciosos cuando termina la jornada en el descanso de los albergues, y siempre movidos por la ilusión de alcanzar la meta fijada que os aguarda al final de la belleza mística e insondable del propio Camino.
No es preciso que os lo creáis todo, porque sabido es que el hombre ha querido, desde siempre, saltarse esa frontera que separa la realidad desnuda, que son los hechos históricos, de las invenciones de su imaginación. La verdad es que casi siempre ha conseguido rebasar esos pretendidos límites y eso, creemos nosotros, es hermoso, tan hermoso que sería ridículo querer reconstruir viejos muros que solo servirían para marcar distancias poco amables .
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