
En lo profundo de la zona más elevada de la Cordillera Cantábrica, allá en el recóndito lugar donde confluyen los límites de León y de Castilla, Asturias y Cantabria, existe una comarca singular e insólita, LA LIEBANA . Este paraíso rodeado de altísimas montañas fue el refugio de los últimos cántabros resistentes a Roma, acogidos al monte Vindius, así como vericueto donde fueron exterminados los moros del ejército de Alkama, supervivientes de Covadonga, y promesa y seguridad para los hispanorromanos y visigodos fugitivos de las mesnadas árabes tras la invasión de la Península Ibérica del año 711 . Aquellas gentes portadoras de fe y cultura, hallaron reposo y medio de vida en este recoleto enclave tan eficazmente defendido por la naturaleza donde no tardó mucho en desarrollarse uno de los más destacados focos del monacato entre los del Norte de España.
Dice la tradición que, habiendo encontrado el santo fundador resistencia en los lebaniegos, para que le ayudaran a construir la primera iglesia del monasterio, se retiró abatido a los bosques cercanos. Mientras deambulaba sumido en sus meditaciones, topó con la feroz pelea entre un robusto buey y un gran oso; acercándose a ellos y con su sola palabra logró el milagro de amansar la ferocidad de las bestias que consintieron en uncirse juntas para acarrear la piedra con que levantar el sagrado recinto. En sendos capiteles del ábside mayor de la iglesia actual se representan las toscas cabezas de esos dos animales, motivo que se repite en otros tantos del coro, al otro extremo de la nave central.
La fundación del monasterio de San Martín de Tours (en lengua vernácula Turieno) se sitúa en la época visigoda, allá por el siglo VI, cuando Toribio obispo de Palencia, andaba por las montañas de Cantabria misionando entre los paganos que entonces las poblaban. No obstante debió de ser a partir de la invasión árabe cuando fue enriquecido con el aporte de preciosas reliquias traídas desde el Sur, tal y como relata la Crónica, por los cristianos rescatados a mediados del siglo VIII por Alfonso I de Asturias, en sus correrías por la Meseta Castellana, o le siguieron en sus pasos. Entre todas las reliquias allí recogidas, la más preciada fue siempre la de la Vera Cruz, o Lignum Crucis en latín, el mayor Fragmento conocido de la Cruz de Cristo.
Otro obispo, famoso luchador contra la herejía de Prisciliano, Santo Toribio de Astorga, trajo abundantes reliquias cuando en el siglo V peregrinó a Tierra Santa, en la que permaneció un cierto tiempo como hospitalero, entre las que se encontraba la Vera Cruz Lebaniega, traída hasta estas montañas con el propio cuerpo del santo para preservarlas de la destrucción por las huestes del Islán .Sin embargo la tradición tiene dudas sobre la identidad del actual patrono del monasterio, entre el misionero obispo de Palencia o el peregrino titular de Astorga . Los documentos conservados denominan indistintamente al monasterio como San Martín o de Santo Toribio, nombre este último que acabó prevaleciendo. Terminado el siglo XI, perdió la abadía su independencia, al convertirse en priorato de la abadía burgalesa de San Salvador de Oña.
El primitivo monasterio estuvo rodeado de todo un conjunto de capillas y minúsculas ermitas, algunas de ellas semirrupestres, salpicadas por las cercanas cumbres y laderas, donde se retiraban los monjes en sus penitencias . Actualmente existe una “ruta de las ermitas “ , en las que a la vez que se visitan, se disfruta de umbrosos paseos y preciosos paisajes.

La construcción de la actual iglesia se inició a mediados del siglo XIII, en estilo gótico monástico de sobria influencia cisterciense, sobre la anterior románica, de la que aún pueden verse estimables restos. Consta de tres diáfanas naves, la central más amplia y algo más elevada que las laterales que se rematan por otros tantos ábsides poligonales, con bóvedas de crucería. A los pies de la iglesia se alza la torre de las campanas, y dos portadas que se abren en la fachada Sur.
Forzado el abandono tras las desamortizaciones de bienes eclesiásticos del pasado siglo XIX, los edificios sufrieron un grave proceso de degradación, a pesar del interés de los devotos vecinos que procuraron evitarlo. La restauración del conjunto hubo que esperar a los años 1957 – 1961 , llevada a cabo por Regiones Devastadas.
Del actual patrimonio mueble merecen destacar tres elementos : la gótica imagen yacente de Santo Toribio, en madera policromada, actualmente situada en el ábside del evangelio ; el magnifico camarín donde se cobija el Lignum Crucis, diseñado en 1705 y construido con dineros procedente de indianos oriundos de Liébana, y la carcasa de plata sobredorada que envuelve al sagrado madero, realizada por orfebres de Medina de Rioseco en el año 1778.